En Rompecabezas (Personaje Secundario, 2025), la última novela de Borja Goyenechea, el personaje principal es un niño con Síndrome de Tourette que tiene interés por el futbol y que se sentirá feliz por el GameCube que le regala su padre para Nochebuena, y con el que podrá jugar como si estuviera en el Copa Mundial de Futbol de 2006, en su fantasía será Zinedine Zidane.  El niño crece y el interés por el futbol es desplazado por el despertar de la sexualidad. Ese crecimiento como ser humano irá en línea paralela con una acelerada evolución tecnológica que pasará del GameCube a la inteligencia artificial. Unas líneas que se cruzan, que se enredan y que forman un ovillo. El niño se transforma en hombre y la tecnología avanza: para bien o para mal.

El niño que, en medio de su inocencia, apoya un equipo de futbol por los colores de su camiseta, el que vive la alegría de los fuegos artificiales por la Nochebuena y por los regalos de Papá Noel, y que ve inalcanzable las estanterías llenas de libros; a ese niño, un día se le transforma por armar el árbol de Navidad: «A los siete años la vida es un frejol. Mañanas así lo hacían germinar.»

En la pubertad del personaje, Goyenechea, logra conectar con fuerza con el lector.  Personajes que denotan los miedos, las mentiras, la necesidad de encajar en los grupos, esos conflictos de los niños que se van asomando a la sociedad. Esos jóvenes, como el personaje de «Potencia», que ejercen el control sobre los demás a base de mentiras y de su fuerza física, pero que en realidad ocultan sus propias debilidades.  La adolescencia y el bullying y los conflictos y los miedos y los comportamientos de los pares que a veces no entendemos.

Las noticias del día a día, vídeos que se graban con los celulares y se hacen virales, estremecen a los personajes y les muestran una realidad de la que viven alejados y exponen existencias atroces: una mala praxis médica en «…no sé qué hospital de mala muerte…», una chica, cuyo exnovio obsesionado con ella se monta en el mismo autobús, le echa gasolina y lo prende, pero ella no muere y la llevan a: «…no sé qué hospital de mala muerte…» El cobarde del exnovio se suicida cortándose las venas. Escenas crudas que el protagonista ve en la televisión mientras come en una fuente de plata, con una cuchara de plata y las llamas que salen del autobús dan vueltas en su cabeza, igual que la imagen del suicidio: «Un escape por la puerta falsa.»

El adolescente llega a la adultez acompañado de los avances tecnológicos de los celulares, de los grupos de whatsapp, de vídeos que se comparten sin medir las consecuencias, de la inteligencia artificial que se usa para deformar la realidad y pervertirla y con ella, a nosotros.

La relación entre la madre y el hijo queda plasmada a lo largo de la novela. Interesante. El niño, al que mamá engreía y que la veía como ese ángel protector, en algún momento la cuestiona por algo intranscendente. El adolescente rebelde y contestario se hace hombre, pero no para mamá.   

Los personajes de Rompecabezas están atrapados por las redes sociales. Si atiendes el celular estás vivo, si no lo haces, es probable que estés muerto.

Imagen en Plaza del Parlamento, Budapest, Hungría.

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