La invasión de Rusia a Budapest en 1956 es el momento histórico que marca el inicio del relato autobiográfico La analfabeta (Alpha Decay, 2015), de Agota Kristof. Es un texto intenso narrado con naturalidad.  Las palabras utilizadas son las justas para no dar cabida a recovecos. El mensaje sobre lo que significa de manera individual una diáspora es diáfano.

Desde muy joven Agota Kristof contrajo el hábito de la lectura. Esa costumbre, el de la lectura libre, en un sistema comunista, es una enfermedad mortal, una actividad que estigmatiza, que provoca el repudio de los semejantes. Igual suerte corren quienes plasman en la escritura sus ideas sin ataduras.

La desintegración de la familia se hace patente a lo largo del relato. Las masas humanas, de cualquier manera, buscan llegar a Suiza escapando del horror, lanzándose a un ambiente desconocido que los conduzca a un futuro promisorio. Pero ese camino estará lleno de espinas, de sabores amargos y sobre todo de una nostalgia profunda que cubre con un velo triste los recuerdos del país natal, de la familia. La niñez feliz queda difuminada como si sobre ella se posara un manto fúnebre. Eso y más estarán dispuestos a soportar quienes buscan un mañana mejor, estarán dispuestos a arriesgar su vida, la de sus propios hijos. La autora escribe: “Me entero por los periódicos y la televisión de que, atravesando la frontera suiza clandestinamente en compañía de sus padres, ha muerto un niño turco de diez años.” Una escena desgarradora, como tantas otras descritas.

Hay un punto fundamental en este libro y es el lenguaje. A través de él, se representa el drama de las poblaciones que se ven obligadas a abandonar sus raíces. La barrera idiomática es la piedra angular con la que Agota Kristof  presenta la cruda realidad de los inmigrantes: las penurias económicas, el aislamiento social y cultural, el desgarro emocional y afectivo, el olvido obligado.

Esa mujer que es la protagonista y que desde niña leía cualquier cosa: un periódico, un libro, un panfleto, un relato; en Austria no domina el idioma que se habla, su lengua es el húngaro. Las circunstancias la obligarán a hablar francés, pero no sabrá leerlo ni escribirlo. Es una analfabeta, una condición que superará después, cuando estudie en profundidad el idioma.

La analfabeta es un texto que describe las miserias de una época impuestas por un sistema político. La historia es cíclica y su conocimiento es un arma eficaz contra los totalitarismos, contra las dictaduras de cualquier ideología, contra el comunismo; de allí el empeño en silenciar la voz de los historiadores, la voz de los escritores.

Mientras no conozcamos los procesos políticos de la humanidad que han derivado en hechos atroces, estamos condenados a vivirlos de nuevo.  La desmemoria, la ignorancia y la embriaguez de la bonanza son trampas ante las que debemos estar atentos para no ser víctimas de las mentes perversas de políticos, intelectuales, empresarios y militares inescrupulosos.

Finalizo esta reseña con una frase de la autora: “Pero si tenemos en cuenta lo que hemos perdido, es evidente que lo pagamos demasiado caro”.


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