Guatemala, ese país con importantes desigualdades sociales y económicas, con etnias diversas, con individuos en quienes las facciones de sus rostros marcan diferencias contundentes entre unos y otros; ese país cargado de un colorido maravilloso que nada más verlo atrae a los visitantes, es el lugar principal escogido por Mario Vargas Llosa para ambientar su novela Tiempos recios (Alfaguara, 2019).

El premio Nobel de Literatura 2010 da rienda suelta a su creatividad para mostrarnos como los intereses económicos pueden crear una matriz de opinión capaz de transformar la ficción en realidad y viceversa, y de esa manera torcer el destino de una nación. Esa misión sería imposible sin la colaboración de la prensa influyente, sin una campaña comunicacional agresiva y un aparato propagandístico bien aceitado. El autor señala: “… que el siglo XX sería el del advenimiento de la publicidad como la herramienta primordial del poder y de la manipulación de la opinión pública en las sociedades tanto democráticas como autoritarias”.

En 1954, Jacobo Árbenz es depuesto como presidente de Guatemala mediante un golpe de Estado encabezado por Carlos Castillo Armas quien, en 1957 sufre un magnicidio. Este es el eje central de la novela y alrededor de él giran el resto de implicados en esta interesante trama de ambiciones, deslealtades y traiciones. El país centroamericano sucumbe a la posibilidad de tener una sociedad más justa y moderna. Los prejuicios sociales y raciales, la mezquindad y la ambición económica, confluyen para que la Reforma Agraria se convierta en el elemento crucial que corrobore una falsa ideología política. Manos ocultas mueven a políticos, a periodistas, a empresarios, a militares, al propio pueblo, como si fueran piezas de ajedrez.

Dictadores y presidentes de diferentes países se ven involucrados en el acontecer político de Guatemala. En el fondo, los tiranos latinoamericanos buscaban su propia subsistencia, además de alimentar la absurda idea de creerse grandilocuentes.

Muchos de los que dieron golpes de Estado en Latinoamérica, tratados inicialmente como héroes, terminaron siendo títeres de las grandes potencias. El libreto de las dictaduras, con algunos matices, siempre es el mismo. Los personajes cambian de bando según se suceden los gobiernos. Los amigos dejan de ser amigos, los incondicionales se venden al enemigo, los amores, que no lo son tanto, se transforman en desamores.

En la narración encontramos personajes menospreciados por su condición social, por su fisonomía, por su personalidad, y que luego terminan convirtiéndose en figuras destacadas. A nivel mundial hay buenos ejemplos de situaciones como estas.

Marta Borrero Parra, apodada Miss Guatemala, dejará muchas interrogantes en el lector. Una figura enigmática que tendrá en su belleza su principal arma y que sabrá moverse entre las altas esferas del poder.

La inmadurez política de la sociedad latinoamericana y la fragilidad de sus instituciones son puestas sobre el tapete en esta obra. La América Latina parece condenada a vivir en un estado de constante zozobra, asediada de forma permanente por la violencia y ahogada en las desemejanzas sociales que parecen minar el alma de cada uno de sus habitantes; es como si esas disparidades, ese horror, estuviera asido a la tierra por raíces muy profundas.

En las últimas páginas del libro, en un apartado titulado “Después”, Mario Vargas Llosa nos deja además de una entrevista con Marta Borrero Parra, su opinión como autor de lo sucedido en Guatemala y las implicaciones que aquellos sucesos tuvieron a posteriori para la América Latina. Pero esa parte final bien podría servir para reflexionar, ser el tema de una interesante conversación o el motivo de otra reseña.

Tiempos recios contiene un profundo análisis político. Leer esta novela es adentrarse en la historia de un continente, cuyos países, a pesar de sus riquezas, no han podido vivir en una auténtica democracia que conlleve al bienestar de sus ciudadanos.


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