En todas las familias hay asuntos que cada uno de sus miembros los aborda desde su propia perspectiva, una visión modificada por el tiempo y las circunstancias, de allí surgen las distintas versiones de un mismo hecho, versiones que nunca coinciden una con la otra. Este es el tema central de Lluvia fina (TusQuets, 2019) de Luis Landero. Los personajes principales son tres hermanos, Sonia, Andrea y Gabriel; la madre, una viuda prematura; un particular cuñado llamado Horacio, convertido en la manzana de la discordia al liarse con las dos hermanas y Aurora, la esposa de Gabriel.

En Lluvia fina las palabras adquieren la dimensión exacta que tienen. Tal y como lo señala el autor: “Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad”. Una afirmación certera que queda refrendada por los personajes.

En esta novela los hermanos dicen quererse, pero son incapaces de comunicarse de forma efectiva. Hay una imposibilidad de escucharse para entender los sentimientos del otro. Es una historia llena de secretos individuales que conforman la autenticidad de cada uno como individuo.

Sonia y Andrea son dos mujeres incomprendidas, de alguna manera frustradas, aunque con dos personalidades diferentes. En Andrea aflora con mayor claridad un trastorno de personalidad, en el que no estarán ausentes unos marcados rasgos de histrionismo, es un ser peleado con el mundo, consigo misma, con todos. Ellas guardan un recelo hacia Gabriel, filósofo de profesión y único hermano varón al que consideran el hijo predilecto de la madre. Cada uno posee un secreto, una vida oculta.

El personaje de Horacio resulta interesante; según las historias define la inocencia desde la perversión. Un concepto básico, fundamentalmente intuitivo, que manejado con inteligencia le permite a este miembro de la familia actuar de forma insana, con un disfraz de amabilidad que oculta su lado más oscuro.

Aurora es el personaje que inspira una confianza innata, la que los oye en silencio, pero, sobre todo, la que los comprende. Es el receptáculo de las distintas versiones de un mismo hecho, de una misma anécdota. De alguna manera, Aurora, es el lector mismo, quien a medida que avanza en la novela, va empapándose del modo que tiene cada uno de referirse a un mismo suceso. El lector, al igual que Aurora, tiene muchas cosas que decir, una historia que contar. El final de este personaje es el de la novela: “Luego oye venir a gran velocidad por la calzada el luminoso estruendo, cada vez más y más cerca, hasta el instante exacto en que se dice: “¡Ahora!”, y avanza con decisión hacia la otra orilla de sus días, donde la espera el silencio inmortal”.

Narrada de forma exquisita, Lluvia fina es una disertación sobre las mentiras que forman nuestra existencia.


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